Amantes
Amantes
Desde la cocina podía observar el mar abierto. El paisaje salvaje -de naturaleza en plena exaltación- osaba horadar el espacio que enmarcaba el ventanal, impreso éste por la huella cíclica de la creación, para atrapar mis sentidos de manera tan brutal que casi podía olvidarse mi corazón de la tristeza que lo embargaba.
La noche anterior se enmarañó ante un encarnizado ataque de verdades a a la cara. El amor entre nosotros era patente, de indiscutible evidencia. Eso no significa que deban callarse los duelos; las equivocaciones se perdonan después de sincerarse. Y ello implicaba cierto desgarro del alma: estalla -envejece y recobra voluntad- en infinitos fragmentos que volverán a restaurar su estructura, sin duda, adquiriendo nuevas fortalezas y afincándose los lazos. Lo amaba. Me amaba. Amamos lo que somos juntos y esa es la razón inevitablemente necesaria de aclarar sospechas, limar asperezas, sangrar las heridas…
Cuando se marchó, cabizbajo, me invadió un inesperado deseo de arrepentimiento, pero supe aniquilar el conspirador antojo. En mi fuero interno sabía que la reflexión tenía cabida en ese momento y decidí esperar.
La fiereza de las olas podía transportarme, cual viajero en el tiempo, a otras dimensiones. Estaba tan embebida en mis pensamientos que se demoró, por unos minutos eternos, mi percepción de la hermosa escena secundaria que se estaba reproduciendo ante mis ojos llorosos. Una pareja de tiburones danzaba bajo el embrujo de las luces y la musicalidad extrema y cautivadora del agua viva tratando de ganar terreno. No era habitual encontrar en esta zona, ni el lugar era el que era. Me había catapultado hacia alguna parte imprecisa y sin ubicuidad específica donde todo era permitido, siempre y cuando cumpliera una premisa: iluminar mi ser.
Y en tal menester de disfrutar mi propia felicidad me hallaba, que apenas si tuve ocasión de comprender lo que estaba por venir. Solo recuerdo un estallido incandescente que me envolvía y arrastraba, desde la consecución perenne de imágenes que recordaban mi vida me llegaban sonidos confusos, entremezclando historias. Y la luz, la increíble luminosidad que me envolvía, me cegó por completo. Hasta su absoluta extinción no fui capaz de incorporarme a la realidad.
Entonces apareció él, con aquel exuberante ramo de margaritas, recién cortadas, entre sus manos nerviosas. Me rendí en sus brazos y lo besé. No hizo falta hablar. Las palabras fueron suplantadas por el sutil murmullo del mar y el canto agridulce de las gaviotas al atardecer.
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