El amor propio
El amor propio
Querida Señorita Francis:
Me llamo Alicia y tengo 16 años. Tengo un problema y quiero, a través de esta consulta, pedirte un consejo.
Me cuesta mucho tomar decisiones, sobre cualquier tema. Lo que me ocurre es que no siempre coincide lo que hago con lo que digo o pienso y esto me lleva, además, a tener frecuentes discusiones con mis amigas. Me enfado con ellas y me voy a casa. Luego me siento mal y me paso horas llorando porque pienso que me quieren mal.
Esta situación me hace infeliz. Creo que soy mala persona. ¿Por qué me cuesta tanto ceder? ¿Por qué veo en los demás mala intención hacia mí? Esta situación me causa gran angustia porque, aunque siempre volvemos a ser amigas, temo perderlas.
No quisiera sentirme condenada al olvido. ¿Qué debería hacer?
Atentamente,
Alicia.
Estimada Alicia:
Percibo que la tristeza que te embarga en estos momentos se debe a un descenso de la autoestima, que te lleva a dudar de tu propia identidad y a rechazarte a ti misma. Para protegerte de todo este entorno -que tú misma has creado- levantas barreras defensivas, tales como el mal humor que comentas, no asumir el riesgo de tomar decisiones, desconfianza en tus amigas…
En ocasiones, pensamos de una manera, sentimos de otra y actuamos al contrario de lo que sabemos y opinamos. Debes saber -y recordar- que tu felicidad depende más de ti que de los demás, lo que supone tu propia elección. No es más sabio quien tiene razón, sino quien es feliz. Para ello necesitas aprender a perdonar, abandonando el deseo de culparte y culpar a los otros. Se trata, por tanto, de un acto de amor propio y auto-liberación.
No permitas que el miedo actúe como consejero, ya que no es posible amar y temer a la vez. Intenta disfrutar cada día como el primer día del resto de una placentera vida, en la que cada situación suponga una experiencia de aprendizaje y crecimiento. A veces, crecer duele; pero piensa que hay una razón para todo, incluso para aquello que parece no tenerla. Escoge la felicidad y ten el valor de ser tú misma.
Te explicaré algo sobre el amor propio, no tiene nada que ver con la insistencia en decirle a todo el mundo lo maravilloso que es uno. Este comportamiento arrogante estaría motivado por el deseo de ganar el aprecio de los demás, debido a que el individuo se valora a sí mismo en función de lo que los demás ven en él. El amor propio significa que te amas ti mismo, sin exigir el amor de los que te rodean. Supone la afirmación y realización de tu verdadera identidad.
Es el falso amor propio el que nos conduce a centrarnos en nosotros mismos, distorsionando la realidad. Este orgullo nos incapacita para ceder en las discusiones, anula las razones del prójimo y transforma los consejos en ataques personales. Ante el fracaso, la desesperación invade al soberbio. En el preciso momento en que te des cuenta que todo comienza dentro de cada uno -dentro de ti misma- entonces, al mejorar las costumbre heredadas del mismo sistema que nos rodea, te sorprenderá observar que tu mundo comienza a cambiar y a mejorar, y te llegará la ansiada paz que buscas.
El viejo precepto moral del “amor propio” se basa en que
sin una individualidad fuerte no es posible ninguna ética de la
libertad. Es una condición necesaria de la democracia, pues sin
“yo” ningún “nosotros” sería soportable.
El concepto surgió en s. XVII como una hipótesis estética
e irónica ante un cierto racionalismo que, en general, tiende a
menospreciar toda forma de pensamiento improductivo.
Tanto el amor propio como el individualismo, nacen de la
voluntad emancipadora, que permite la existencia de una
autonomía moral y, en consecuencia, una convivencia real.
Según Nicómano: “El hombre de bien quiere pasar el
tiempo consigo mismo, porque esto le proporciona placer”, si no
se es uno mismo feliz no puede hacer auténtica vida en común.
Para el cristianismo el amor propio es el mal. Máximo,
el Confesor, dijo: “El amor propio es la pasión que se tiene por
el cuerpo”; y Diádoco de Foticea expresó: “Quien se ama a sí
mismo, no puede amar a Dios, porque el amor propio es la
mezquindad del orgullo”. Para la tradición cristiana significa
autosuficiencia y egoísmo, sentimientos “demasiado humanos”.
Descartes, el filósofo ateo, decía “El <yo> es quien
piensa, quien existe y quien da sentido a las cosas, incluso a
Dios...” y lo expresa claramente en su tratado moral “Las
pasiones del alma” (1648).
Para Voltaire, es el guardián de nuestras pasiones: “
Una sociedad libre no puede fundarse jamás en el altruismo ni
supeditarse a las opiniones puramente masivas que silencian
el primordial derecho a la diferencia”. Para él se trata de una
estrategia de la supervivencia.
Sin embargo, Kant afirma que “la malignidad del
hombre encuentra en el amor propio el pecado original de la
moral, porque le vuelve complaciente”. La felicidad kantiana
del deber es la felicidad de los tristes.
Todo esto nos recuerda que la filosofía no nació para
hacer más desgraciados a los humanos, sino para liberarlos
del miedo a través de la razón. La democracia existe gracias
a sujetos capaces decir “yo” en voz alta, como actores de su
propia historia.
Querida Alicia, no olvides que lo que opinamos de nosotros mismos nos hace felices o infelices. Tú eres el eje principal de tu vida. Y tu capacidad de pensar es el poder más fuerte y activo que puedas poseer. La vida siempre nos da una oportunidad, aprovéchala, admira y saborea la belleza, haz realidad tus sueños; te enfrentas al desafío de cumplir tu deber, mientras gozas de los misterios del amor; cumple cada promesa que hagas, te ayudará a superar la tristeza; cuando aceptas el combate entras en el juego, aprenderás a dominar la tragedia y a conservar la riqueza; cuando afrontas la aventura que se te ofrece, empiezas a merecer la felicidad.
Tuya siempre,
E. Francis
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